“… se distinguía también de los restantes viajeros en que era el único que no miraba con indiferencia al vacío, sino que se ocupada en tomar notas y hacer dibujos” (p11)
Todo comenzó cuando escuché a Ricky Dávila decir ( no sé cuán sarcásticamente) que ahora su fotógrafo favorito era Sebald. Nunca lo había leído y, tal y como me dijo mi amigo Manuel de Sintagma, ni siquiera había sabido que en su momento Sebald fue un fenómeno editorial en Europa.
Cuesta entender a Austerlitz, si va o si viene, por qué hace fotos, por qué piensa en arquitectura. Es un hombre culto, interesado por las cosas que el género humano es capaz de hacer: lector, arquitecto , observador, fotógrafo, viajero… Ama las estaciones de tren, ese reducto de todo intelectual del asfalto europeo, símbolo del progreso y de europeidad. Pero es difícil entender por qué hace todo eso. Toda la primera parte del relato es muy descriptiva, y las fotos que aparecen sirven para reforzar ese objetivo descriptivo: del paisaje, de lo que significa Europa, de cultura… Sólo cuando llegamos a la parte en la Sebald desvela los orígenes del protagonista y cómo llegó a Reino Unido, es cuando se descansa. Tocamos suelo, damos sentido a lo leído hasta el momento y tomamos aliento para lo que resta. A partir de aquí las fotografías adquieren un significado completamente distinto. ¡Sólo son fotos! ¡Iguales que las otras! En blanco y negro, con mucho grano, poca resolución… Pero ahora las fotografías pasan a desempeñar una nueva misión: reforzar la emotividad del texto. Es otro libro.
Pongamos que hago equivaler una novela a una cuerda que está sujeta sobre dos tornillos situados en sendos extremos de una barra. La cuerda cogerá distancia hacia abajo, irremediablemente y por el efecto de la gravedad, del eje que señalan los tornillos. Cada una de las fotos que Sebald nos enseña intercaladas en las páginas de la novela, es un tornillo que apuntala la cuerda al eje maestro. Cada fotografía se muestra como una espita abierta, hacia un nuevo vector de comprensión de la novela; fotos en blanco y negro, con mucho grano. Tocan el pathos.
Ha pasado la guerra y Austerlitz ha salido vivo de su trance. Y sólo le queda vivir, hacer fotos, viajar. ¿Cuál es la respuesta que puedes dar a una vida que te ha arrancado a tus padres a los cuatro años, que te ha obligado a abandonar tu país y viajar a un sitio donde se habla otro idioma? El protagonista no recuerda nada; ¿es eso una victoria o una derrota? No, ni una cosa ni otra; es una vida, un bicho, Austerlitz, que decide no pensar en ello, discurriendo sobre arquitectura o fotografía. “… Aplastado por el sordo sentimiento de no pertenecer ni a ese Estado, al principio extraño, ni a ningún otro”(p254). O, en la página 187:”… Hasta donde puedo recordar, dijo Austerlitz, siempre he tenido la impresión de no tener lugar en la realidad, como si no existiera …”. Austerlitz descubre cuál es su patria, ninguna. Su casa no es un lugar físico; su casa es buscar a sus padres. Su casa es hacer algo para mantenerse en pie.
La memoria es un leitmotiv de la novela. ¿Para qué sirve? ¿Qué puede aportar al protagonista? Sin embargo, por más que se intente, digo yo que eso será de unos genes que tengamos de ascendencia antediluviana, no es posible renegar de la tentación de buscar a nuestros seres queridos, de saber qué fue de ellos. El ser humano la necesita. En este sentido, Sebald juega magistralmente a confundir al lector al recurrir a fotografías unas veces, y a recuerdos otras, para cultivar el mismo lugar, la memoria, quizás para que el protagonista pueda descubrir nuevos datos de sus padres, quizás para que confirme sus prejuicios. Esto es lo que hace de este libro una obra maestra: Sebald lanza al lector flashes sensitivos, unas veces en forma de texto, otras con fotos. Y esas sensaciones actúan sinérgicamente para completar una historia.
Memoria no es igual a verdad; memoria, para Austerlitz, es consuelo:

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