Puede ser importante que yo como espectador me fije más en el qué que en el cómo: ¿Estoy buscando en las fotos de Coetzee al Coetzee novelista? Quizás este juego del escondite sea lo más interesante.
En sus escritos, Coetzee siempre combina un control simultáneo de dos galaxias muy rebeldes, difíciles de domeñar, de ponerlas a trabajar en la dirección de lo que sería “construir un buen libro”: la buena historia y la reflexión.
Con un bisturí afilado con estos prejuicios del Coetzee escritor, rebusco entre las fotos; fotos hechas por un chaval de 15 años.
¿Qué podía tener en la cabeza un niño de 15 años en 1955? ¿Cuán significativas o cuán triviales son las fotos que aparecen? ¿Cómo son de distintas a las que pudiera hacer un adolescente de entonces? Pues se aprecia un clarísimo elemento de continuidad entre las fotos realizadas por el adolescente y la obra novelística del Premio Nobel de Literatura. Se trata del Coetzee científico, preciso: en las fotos se aprecian aspiraciones de dominar la técnica (congelar el movimiento, fotografiar focos de luz, disparo con flash…), y eso seguramente no era tan fácil en aquellos años porque no había apenas información, y porque son cuestiones que un adolescente no solería pretender conocer.
Coetzee parece no darle demasiada importancia a sus fotos. En una entrevista, recogida al final del libro, dice que le corresponde a los estudiosos de su obra analizar sus fotos.
Por lo demás, las fotos de los negros que servían en su casa, concretamente un par de ellas: una en la que están viendo el mar por primera vez en su vida y otra en la que también aparecen con las manos metidas en los bolsillos. Esas dos fotos, además de tener una composición genial, tienen un Studium, por hablar en los términos de Barthes, muy poderoso. Un Studium que viene de lo programático, para algunos una peste a erradicar en el arte, para otros el vector necesario para comprender, para todos, compañero irrenunciable. Quiero decir con esto que ver estas fotos conociendo la historia de segregación sudafricana, cambia por completo la comprensión que se pueda hacer de ellas, y de lo que quiera que uno piense acerca del fotógrafo. Los negros aparecen en una disposición pasiva y estoica, y uno piensa que parecieran estar “preparados para soportar un apartheid”. Son fotos imponente. Cabría preguntarse en qué medida Coetzee el chaval percibía esto, qué conciencia y/o conocimiento tenía sobre esto. No lo sabemos. Sin embargo ahí lo tenemos: lo programático convierte unas fotos buenas en fotos buenas e importantes.
Un gusto ver las fotos del Coetzee adolescente.

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