La historia no contada de la niñera fotógrafa.
Todas las Navidades sufro un cruel trasiego de maletas,
camas y menús pantagruélicos. Me cuesta mucho leer con la calma y aplomo que me
gusta. Por eso hace no mucho aprendí que lo mejor era o no leer en estas
fechas, o leer algo ligero. Con este libro de Ann Marks he acertado.
Marks es una ejecutiva americana, ya jubilada, aficionada a
la genealogía. Así dice la solapa del libro. En este trabajo ha conseguido
tejer un semblante bastante bien contrastado de quién fue Vivian Maier como
persona y como fotógrafa. Se ha apoyado casi íntegramente en un trabajo de
campo vasto, sobre todo entrevistas y consulta de archivos.
¿Qué podemos saber ya con algo de certidumbre, cuenta Marks,
de Vivian Maier?
“Vivian no hizo planes para sus
imágenes. De joven, intentó emprender una carrera como fotógrafa, aspirando a
vender y compartir su obra. Desarrolló una enfermedad mental progresiva que se
manifestó en su creciente colección de periódicos y en una necesidad de
aferrarse a sus imágenes, de la forma que fuera. Estaba segura de su talento,
admiraba a famosos, creía que el arte prevalecía sobre la privacidad y era, por
último, fatalista. Al descuidar el pago de sus facturas de alquiler del
guardamuebles y no deshacerse nunca de una copia fotográfica, un negativo o un
carrete sin procesar, fue ella misma quien, conscientemente o no, puso en
marcha la improbable cadena de acontecimientos que llevaron a su
descubrimiento”. (p334)
Podemos saber que, además, Vivian Maier fue una fotógrafa
espectacular, no sólo porque lo diga Marks, sino porque el texto está jalonado
por más de 500 fotos, muchas de ellas maravillosas. Tocó muchos palos: sesiones
a modelos, foto de calle, de crímenes a lo Weegee, fotos a gente famosa. Tiene
un primerísimo plano de Lena Horne, espectacular:
O el de la dama de la biblioteca en 1954:
En esta hay alma y espíritu de Vivian Maier: esa querencia
por los periódicos, afición por los autorretratos... la silueta es inequívoca.
Según cuenta Marks, se conservan más de 600 autorretratos. A
partir de cierta edad, sus últimos años, algunos de ellos se ven ridículos. Una persona
en soledad que le pone esa cara a ella misma. ¿Qué se quiere enseñar? Eso sí,
no transmite pusilanimidad.
Parece que, a tenor de la vida que llevó Maier, siempre
trabajando de niñera, sin una casa propia, lejos de su familia, sin amigos, Vivian
Maier no había sido feliz. Marks cree que esto es un mito. El principal argumento
que da es que esa es la vida que eligió Maier. Pudo haber elegido
otra, pero ella quiso esa.
El comienzo del libro es un poco peñazo porque Marks se pasa
con su afición por la genealogía. Pero no deja de ser interesante la historia
que tantas veces hemos leído, con la boca abierta: la historia de emigración de
millones de personas, hijos de europeos que no encontraban prosperidad en sus
tierras y se vieron obligados a cruzar el charco. Aquello del sueño americano
es más antiguo que el cine de Hollywood. Las dos familias de Maier llevaban
también poco tiempo en América.
Detalle sobre el que reflexionar: Maier hizo prácticamente
toda su carrera con una sola focal, un 50 mm. Lo digo sólo por el conjunto de
necesidades de material fotográfico que hasta el más humilde aficionado se crea
hoy, un servidor el primero, por supuesto. Marks, por otra parte, reflexiona
muy acertadamente cuando dice que “desde el punto de vista de un creador, Vivian
se cuenta entre las afortunadas, ciertamente. Contra todo pronóstico, fue
descubierta y venerada por el público sin tener que someterse a la crítica
artística ni hacer concesiones, y sin necesidad de poner su trabajo a la venta”.
Luego tenemos las americanadas que siempre dejan con la boca abierta a un
europeo: cuando murió dejó 8 toneladas de material, entre periódicos y material
sobre fotografía. Siempre quedará lejos de las veintipico que dejó Eugene
Smith, pero sigue siendo material. Cuarenta años de fotógrafa, más de 140.000
negativos, 5000 rollos sin revelar. Y no nos libramos tampoco aquí de aquello
de llamar al formato 120 (Formato medio), formato 120 mm: “Combinando los
nuevos aparatos con sus Rollei de 120 mm, podía elegir entre el formato
cuadrado y el rectangular” (p206). Es interesante asimismo la historia de cómo se descubrió el archivo de Maier, cómo se dio a conocer, y los vericuetos legales que los aventureros que descubrieron a nuestra heroína tuvieron, aún tienen, que sortear.
La autora nos ha regalado un apéndice con “Consejos de
investigación genealógica”. Son 7 u 8 páginas, no más, que yo creo que su
editor debiera haberle aconsejado no poner. Es un “juguemos a ser historiador”,
o “cómo ser un pequeño Indiana Jones”. Un poco ridículo, aunque también es un
signo ideológico, sin duda, el del american way of life posmoderno, y
que con mucha alegría hemos adoptado ya en toda Europa. Recuérdense aquellos
mensajes de “conviértete en tu propio dueño”, con los que nos bombardean en
videos de Youtube y libros de autoayuda. Pero bueno, también le diré yo a la academia:
“¿Dónde está el libro bien escrito, ligero, informativo, gustoso de leer, sobre
Vivian Maier, escrito por un académico? ¿No está?”
Finalmente, la ágil lectura me ha dejado una sensación un
poco de vacío: ¿Para qué le sirvió todo este sobresaliente trabajo a Vivian
Maier? ¿Es siempre útil la perseverancia? Emocionar, la perseverancia del ser
humano emociona. Pero el concepto de utilidad es otra cosa. La de Maier fue una
vida completamente anodina, alimentada por su pasión por la fotografía, una
pasión que llevaba por dentro y no quería compartir. Muchos de los temas que
fotografiaba los habíamos visto, pero es que ¿qué se espera? La fotografía se
mueve en el dominio de lo real. ¿Por qué le tengo que pedir a la fotografía
algo que no puede proporcionarme? Eran fotos buenísimas.



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